Nací en Granada hace 80 años (1943) y residí en Escúzar, un pueblecito cercano, los primeros dieciocho años de mi vida. En él cursé los estudios primarios (las cuatro reglas lo llamaban) y fui monaguillo con un sacerdote que era una persona ejemplar y que se preocupó de que yo estudiara en un seminario de la capital, aunque por mi situación familiar –mis padres no estaban casados– no pude entrar. No obstante, y por su interés porque yo fuera “un hombre de provecho”, hizo las gestiones para que ingresara en otro colegio y, “por lo menos, aprendas un oficio”. Fui de aprendiz durante unos meses a una tapicería, en una de las calles de mujeres de “vida fácil”.
Cuando terminó este periplo regresé al pueblo, cuya actividad era principalmente agrícola, y me pusieron a trabajar haciendo de zagalillo de segadores y en cortijos cercanos “aunque fuera por la comida”, donde se había de estar dispuesto para ser “útil para todo servicio” propio del campo: trillar en la era, aparejar mulos y caballos, guardar cerdos para que pastaran en el campo, etc, etc.
En julio de 1961 llegué a Barcelona con un tío mío y fuimos a vivir con la familia que teníamos aquí. Empecé a trabajar cargando vagonetas de arena en un túnel en la Meridiana y, cuando me vio el encargado y vio mi edad, me mandó de ayudante de paleta a unas reformas que se hacían en unas Escuelas Pías del centro de Barcelona, en donde estuve hasta febrero del año siguiente. Mi propia familia me animaba a que buscara un taller para que fuera aprendiendo un oficio y que estudiara algo, porque era muy joven. Seguí su consejo y empecé a trabajar en talleres con esa intención y a buscar algún medio de estudio que me ayudara. Lo que hice y, antes de ir a la mili, realicé un curso de mecánico tornero de seis meses en un centro de FPA y que lo acabé en febrero del año siguiente (1965), porque no me quería ir a la mili sin oficio. En ese periodo en el ejército hice los estudios para obtener el certificado de estudios primarios. Todo esto resultó un estímulo para mí y regresé pensando en seguir estudiando para llegar a ser ingeniero en construcción de maquinaria, porque me atraía la mecánica.
Una vez licenciado, en mayo de 1966 y ya en Barcelona, busqué una empresa para entrar a trabajar y encontré un taller donde empecé ya como mecánico tornero, que es lo que había estudiado antes de ir al servicio militar. Cuando llegó el tiempo de las matrículas en los centros de enseñanza, la solicité en dos de ellos: la Escuela Profesional del Clot y la Escuela de Trabajo de Barcelona (Escuela Industrial), en las que debía hacer un examen de ingreso previo a la matrícula, ya que no tenía el nivel requerido para el acceso directo; los cuales aprobé y tuve el privilegio de poder elegir una de las dos. Me decanté por la Escuela Industrial porque en ella, se podían hacer los estudios requeridos para un acceso a la escuela de Peritos Industriales y después pasar a la de ingenieros, que era mi propósito.
Llegó el día de comienzo del curso y pedí permiso en la empresa para estar a las seis de la tarde aquel día en la clase hasta la nueve de la noche, que era el horario de cada día. Hablé con el responsable para reducir el horario de trabajo dos horas cada día, para poder ir a clase, pero no me lo permitieron, por lo que decidí plegar y buscarme otro trabajo que el horario fuera compatible con mis aspiraciones. Así lo hice y, a primeros de noviembre, hice la prueba para entrar en una gran empresa que fabricaba máquinas de escribir con resultado satisfactorio. El horario era de siete treinta a diecisiete treinta de la tarde, lo que me iba muy bien porque la empresa no estaba lejos de la escuela. Además me facilitó la tarea y me dejaba salir a las cinco y me pagaba los libros y otros gastos de estudios. Empecé las clases y cursé Oficialía y Maestría Industrial de 1966 a 1972. Recuerdo que cuando subía por la calle Urgell hasta la escuela, rebosaba de ilusión con mi cartera con el material de dibujo (estudié Delineante Industrial) o los libros de las asignaturas el día. Con veintitrés años y mezclado con jovencitos de catorce o dieciséis, era para mí un estímulo y no un complejo. El horario era de 6 a 9 de la noche y los trabajos y deberes los hacía los fines de semana, porque tenía que trabajar para seguir viviendo.
El año 1972 fue determinante para mi proyecto de ser ingeniero. La empresa quiso reducir plantilla e hizo una oferta considerable para los que quisieran plegar. Yo la acepté, arrastrado más por el dinero que por mi ilusión de estudiar ingeniería y, aunque pensaba que tendría trabajo en una semana, no pensé las consecuencias que tendría para mis proyectos. Encontré el trabajo en una semana, peor no pensé las consecuencias que tendría, porque ya no sería posible seguir estudiando. Como era una empresa de electrodomésticos y yo estaba en el SAT, el horario de clase muchos días me cogía trabajando fuera de Barcelona, con lo que era imposible seguir los estudios. El dinero pudo más que mi convicción y lo lamenté, porque perdí un tren que ya no vendría más. Después de esta empresa me fui a otra en la que estuve bastantes años, también en el SAT, y así terminó una etapa y daría paso a la más importante de mi vida.
En efecto, en esta empresa conocí a un chico en 1975 que era cristiano evangélico y yo católico. Solíamos discutir, yo sobre lo que decía la iglesia y el Papa y él sobre lo que decía la Biblia y así durante un tiempo, hasta que un día me dijo: “López, no discuto más, lee la Biblia y saca tus conclusiones”. Y procuré hacerlo así. Un domingo del mes de abril pensé en ir a la iglesia en la que se reunían él y su esposa, en el otro extremo de Sant Boi en donde vivía yo; al llegar a la puerta intenté abrirla pero ne arrepentí. Una vez en la esquina pensé: Pepe, ¿qué te van a hacer en una iglesia, si tú eres un hombre de iglesia? Me volví decido y entré. Una señora me acompañó a un banco y me senté hasta que terminó la reunión. Era un poco especial porque celebraron la eucaristía y lo hicieron de una a forma que yo no estaba acostumbrado a ver. Pero me gustó mucho. Después el pastor abrió una Biblia, leyó una porción de ella e hizo la predicación y, al terminar, salió al estímulo y todos se empezaron a saludar de forma muy efusiva y amable. El pastor vino a saludarme, me preguntó por mi nombre y me regaló un disco y un librito que hablaba del camino de la felicidad. Muchas personas vinieron a saludarme y todo esto me causó una grata impresión. Llegué a mi casa, se lo comenté a mi tía con la que vivía y le dije que iríamos un domingo los dos. No hubo lugar para esa visita porque, el 25 de abril de ese mismo año, le dio una embolia y quedó paralítica del lado derecho.
Tras la estancia en el hospital regresó a casa y procuramos adaptar el piso a la nueva situación y para mí fue como si se me hubiera caído el cielo encima.La situación había cambiado considerablemente. Un domingo del final del mes de junio que, estaba decepcionado de la vida y sin un horizonte claro y desconcertado por la situación, decidí volver a la iglesia donde me recibieron igual de agradable que en la primera vez. Ya no dejaría de asistir y de leer la Biblia y meditar en ella y, en la Navidad de ese mismo año, reconocí que era pecador e invité al Señor a entrar en mi corazón y tener un nuevo sentido y aliciente en mi vida. Conocí a la que sería mi esposa, nos bautizamos el veintiséis de julio de 1976. A partir de entonces el pastor me iría dando tareas de responsabilidad en la iglesia en cuanto a enseñanza y presidir y hacer alguna predicación los domingos por la tarde. Entre tanto nos hicimos novios mi esposa y yo y nos casaríamos el treinta de enero de 1977. En 1980 nos integraríamos en otra iglesia que saldría de esta.
A partir de aquí quise prepararme para otras responsabilices de enseñanza de la Biblia y dar estudios, por lo que decidí hacer un ciclo de estudios teológicos de grado superior (4 años) en el Centro Evangélico de Estudios Bíblicos (CEEB), que tuve que alternar con mi trabajo y las responsabilidades familiares y de la Iglesia, que se hacía en régimen nocturno y que algunas veces tuve que suspender por un tiempo. Una vez graduado y ejerciendo responsabilidades en el consejo rector de la congregación, esta aceptó que fuera el pastor de la misma el día 28 de mayo de 1988, ministerio que ejercí hasta 2008 año en que cedí el relevo por jubilación. Durante ese tiempo, y por necesidades del ministerio, he hecho otro tipo de estudios sobre relaciones familiares, conflictos y similares en cursillo y seminarios. A nivel profesional estoy titulado como corredor de seguros, profesión que desempeñé los últimos veinte años y hasta mi jubilación laboral. Después de esta etapa he cursado el acceso a la universidad para mayores de 45 años y estudios universitarios de lengua y literatura española sin concluir.
Actualmente liderémoos –mi esposa y yo– un grupo de estudio y crecimiento en la iglesia en donde nos reunimos desde hace algunos años.